Motivación en la meditación

Desde hace años la meditación es parte indispensable de mi día a día. Con el tiempo ha pasado a ser un hábito que, cuando lo dejo temporalmente, algo se alerta en mí como si me faltara aire o alimento.

Barcelona Yoga Conference 2014-3733
Wari Om Photography

Los beneficios que la meditación ha aportado discretamente a mi vida son innumerables. No obstante, a veces se me ha olvidado y me he visto enzarzada en pensamientos de “no tengo tiempo, ahora no puedo, esto no es meditación, medito mal, etc.” Sobre todo cuando comencé. A veces salía enfadada porque me sentía turbada después de haber meditado. Un día alguien me dijo “uno de los principios para meditar es no buscar obtener nada, ningún estado en particular”. Desprenderme de los resultados me liberó de un importante peso a la hora de practicar.

Una de las cosas que es más fácil en meditación es perder la motivación y, consigo, la constancia. Cultivarla es uno de los pilares de la perseverancia en la misma. Existen varias sugerencias prácticas para recuperarla. Particularmente a mi me sirve recordar a veces algo que dijo un monje budista, una noche de luna llena y antes de iniciar una puja: “mejor meditar que gastar el dinero en medicamentos”.

Pero a la larga necesito una razón más profunda para seguir haciéndolo. De ello quiero hablar en este artículo, de algo que me sucedió recientemente y que quería compartir:

Durante una meditación, el maestro de la sala comenzó a hablar de la importancia de hallar un fin para no dejar de venir. Comentó que, hacerlo solo por beneficio personal, generalmente hace que abandonemos. En cambio, si nuestro objetivo es el de dar a otros es difícil que eso suceda. Comprendo el dar como hacer felices a otros seres, pero no en el sentido de satisfacer sus deseos o caprichos sino en el de contribuir a su liberación del sufrimiento. Uno no puede participar de eso si no es libre realmente.

Al meditar por la liberación de todos los seres, comprendiendo que cada momento que dedico a ella está contribuyendo a la libertad y salud del planeta, fortalece considerablemente mi compromiso con ella. El hecho de que ese objetivo genere eso me recuerda que, en esencia, las personas somos amor y no hay nada que nos mueva más que la oportunidad de dar a otros la dicha que hay en nosotros, de compartirla. Esa intención puedo encontrarla fácilmente en los ojos y el gesto de quienes asisten a BYC y doy gracias por ello.

Últimamente hay una meditación que me ayuda a evocar esto: coloco mis manos sobre mi corazón y descanso mi atención en esta área, sintiendo cada movimiento natural de la misma. Inhalo y cito para mis adentros “que todos los seres”, exhalo “sean felices”…

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De igual manera, hay una oración que me sirve para conectar con eso y es aquella con la que Dalai Lama finalizó su Discurso del premio Nobel de la Paz: “Por tanto tiempo como dure el espacio y tanto tiempo como permanezcan seres vivos, hasta entonces, pueda yo también permanecer para disipar la miseria del mundo”

Namasté.

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